El señor eco

Eran como las tres de la tarde y olía a neblina, el camino se había tapizado de una delgada capa de barro colorado, ese al que mi mamá le dice “chilate” el que deja una línea clarita en la suela de los zapatos recién embetunados. Yo iba por ese camino tratando de que el nivel del barro no ascendiera por mis zapatos, mucho menos que salpicara las medias azules de escuela a las que tanto tiempo les tomó secarse. En aquellos días recién había pasado el huracán Juana, podría decir que ya estaba aburrido de ver tanta lluvia, tanto barro, tanta neblina. Pero ese día, ya podía salir sin sombrilla, mi pelo que se peinaba en una única dirección se llenaba de pequeñas gotitas como si fuera rocío, claro era impermeable debido al aceite Mennen que usaba para peinarme, la camisa blanca de escuela no podía dejar de oler a los quince días de temporal que sufrimos, no recuerdo si aún jugaba con algún diente de leche flojo que bailaba en mi boca o si ya para ese tiempo no los tenía, supongo que ya se habían caído porque al llegar a una hondura intenté silbar y no funcionó, silbaba para encontrarme con el eco, hacía días que no lo escuchaba, que se había perdido, esa tarde era perfecta para encontrarlo, se escondía siempre en la ciénaga, detrás de unos árboles que apenas distinguía entre la neblina, se escondía del canto de los tijos y de la lluvia, ese día como no pude silbar quiso que aplaudiera que le gritere un fuerte ¡jeeeeiiii!. Allí estaba, el señor eco, yo estaba contento porque, había sobrevivido al temporal, a los interminables días de lluvia. Para ese entonces en esa tarde mágica, la línea de barro colorado había sobrepasado mis zapatos y subido hasta mis medias, ya sabrán ustedes lo que me esperaba, pero valió la pena, supe que el señor eco había sobrevivido.

 

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Los cipréses

Los cerros no son los mismos, ya no están aquellos árboles de ciprés que silbaban y gemían como si tuvieran adentro a un antepasado que se rehusaba a irse del pueblo, alguien alguna vez los cortó, pero aún así, entre la espesa alfombra de cafetales se escucha, si le pones bastante atención al viento, los gemidos, fueron tantos años que aún huele a ciprés, se sienten en la punta de los dedos de los pies las entramadas raíces que parecían caminos eternos y sinuosos, lombrices gigantes petrificadas de color tierra.

La sombra de aquellos árboles sabía a décadas, sus cortezas se sentían como manos duras, como aquellas que las sembraron allí hace muchos años. Aquella loma sin ellos no es la misma, pero está tan fresca en mi retina, que me aún me siento como un niño de seis, con pantalones cortos, las rodillas curtidas del polvo espeso con los que se bautizaban los caminos, el cabello que molestaba a mis pestañas, la imaginación de ser casi tan mágico como aquel bosque encantado en donde de vez en cuando, los duendes se asomaban para jugar junto a mi.

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