Que costumbre tan salvaje (Jaime Sabines)

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la faz de la Tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir. Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿Por qué lloras? Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río? Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

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Promesa

Prometo no abusar del vino
ni de tu nombre,
pero no prometo amar a los dos por igual.

Tampoco prometo
no maldecir a uno cuando bebo del otro.

Prometo embriagarme con tus besos
y hacerte el amor hasta que acabe la botella,
aunque sólo estés tu
prométeme
que me serás fiel ésta noche

La pecera

Somos peces de aquella ciudad
que ha olvidado a sus acuarios
la que reparte migajas de comida desde el cielo
cada cuanto se le ocurra al dueño del mundo.

Somos peces de ciudad
y en ella frotamos los cuerpos
para liberar nuestras escamas
y recordar
que somos el simple reflejo
de ésta inmensa pecera
aquella que vive siempre
con anoxia en las venas.

El mundo

Yo solo pasaba por el mundo
en el día en que la cobardía nos ganó a los dos
en ese instante
en el que surgió una sonrisa de cuatro segundos
en aquel momento de miedos en la espalda
en la hora en que nuestra indecisión nos hizo decidir
separarnos y continuar con nuestros propios mundos.

Vicio

Ambos besamos labios de otros demonios
cuidamos plantas con raíces ahogadas en furias
sucumbimos ante el olor de otra piel
y usamos la misma lengua con la que juramos amor
para declararlo a otro
nos quisimos a nosotros mismos
y dimos un certero fin
casi sin darnos cuenta

En tu mar

A veces al dormir
despierto revolcándome en tu aroma
en la arena de playa que nace en mi cama
en olas intensas que me llevan a naufragar en tu cuello
mientras las ansiosas gaviotas
esperan migajas de nuestro festín.

La luna se desliza desde el espejo del mar
hasta el acantilado
apenas siento las quelas de los cangrejos
que pellizcan nuestras almas
mientras me hundo en tus ojos
y en tus labios
con mis pies apenas sumergidos
en el tibio roce de la espuma de mar
fiel confidente que nos ve morir
cómplice del silencio
y de la manera en que revienta el oleaje en las sábanas