Personajes (Mario Benedetti)

Uno lee y relee. Cuando lee mucho, suele olvidarse de los títulos pero no de los personajes. Éstos perduran más que la trama novelesca o el ritmo de los poemas. En ocasiones, el nombre del personaje no siempre queda en la memoria, pero en cambio su soplo vital sí penetra en el alma del lector.

Hay personajes literarios a los que uno propina un abrazo que llena de adjetivos y también hay atractivas bocas femeninas de las que uno recibe un beso de papel.

Los personajes vibran, avanzan, se detienen, vuelan, se sumergen, se dejan elegir, y uno los acomoda en el archivo de las remembranzas. Algunos son como espejos y otros son como aliados o acusadores.

Hay personajes jubilosos y otros con un pozo de tristezas. Los hay tan melancólicos que nos contagian su melancolía; tan prometedores que le aplaudimos en los sueños. Tan santos que los miramos con escepticismo, y tan demoníacos que nos espantan el corazón.

Hay personajes ciegos que nos miran con las manos y otros delirantes que nos envenenan la costumbre. Hay personajes transparentes y otros irremediablemente opaco. Hay lo que cavilan en verso y los que se lavan en la lluvia. Los que mendigan y los que derrochan.

Hay personajes viudos que lloran sin lágrimas y cuando terminan con su liturgia impresa, se evaden del papel y lo celebran con su cónyuge de carne y hueso, beaujolais mediante.

Finalmente hay personajes que casi casi somos nosotros. Y los queremos, a pesar de todo.a pesar de todo.

Secuencia

Todo comienza con una mirada misteriosa
de ojos que se derraman como cataratas
comienza con el viaje por los tatuajes de tu cuello
y las luces de calles adoquinadas vestidas de árboles con frío.

Todo continúa con el descanso de mi brazos sobre globos de colores
con fotografías de girasoles que arden y en mañanas desvestidas que espantan
montañas rusas que dan miedo.

Todo se detiene cuando recorro escalones que derraman melodías
cuando muero en senderos con olor a neblina, a piel, a besos.

Todo se acelera cuando caigo sobre tu cuerpo
y descubro entre tu ropa blanca esa lujuria que me hacen pecar.

Todo termina en las calles que me ofrecen helado
y me bautizan con un libro
todo termina en imágenes de bicicletas que platican con jirafas
en ropa interior que quiero arrebatar
en tus tatuajes
tu pelo
tus anteojos
y paraguas que nos ven llover.

Todo termina
con un tren que se tambalea y adormece mis miedos
con hombres y mujeres que derraman lágrimas de unicornio
todo termina así
en una secuencia de fotografías
en libros que me elevan
árboles retorcidos
curvas hambrientas
el olvido de los payasos que odio
y columpios en los que hoy puede llover.

Soy

Soy un tipo de uñas cortas, de esos que no pueden abrir bolsas nuevas de basura, de los que soplan el filo de las páginas de un libro para ir a la siguiente aventura, también me he herido un dedo con el borde del papel y de vez en cuando soplo sobre la herida y sobre la nostalgia para que no duelan. Soy un tipo de uñas cortas, incapaz de devolver un rasguño y arrancar carnes, incapaz de marcar mi nombre en la pintura de la pared, tampoco alcanzo ciertos rincones de mi espalda. Soy un tipo de uñas cortas porque así me enseñaron, que los rasguños son para siempre y que soplar sobre la herida es un asunto momentáneo.

Las últimas luciérnagas

La lluvia es culpable de que revienten luciérnagas
de que se encarnen mis uñas
de que golpee con fuerza siempre la misma tecla
culpable de que abuse de la letra D.
La noche es culpable de que no pueda tomarlas en mis manos
culpable del destello eterno
de los murmullos en mi cuarto
de cada espacio involuntario de amor
culpable de que mueran también.

La noche es culpable de que quiera dormir afuera
de que me invada un oasis de puntos de luz
de cada nostalgia de fotografía
culpable de que yo también quiera morir con las luciérnagas.