Te conocí

Yo conocí tu sonrisa
esa que nadie más en tu vida ha conocido,
yo conocí la sinceridad de tu alma,
conocí tu llanto en mi hombro
y guardé tu dolor en mi corazón
para amortiguar tu sufrimiento.

Yo te conocí tremendamente,
hasta el tuétano de tus huesos,
hasta sufrir tus pesares,
hasta vivir tus felicidades.

Yo te conocí…

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Pequeño verso

Brinca en mi hombro
pequeño verso inquieto y azulado, ¡brinca!
pósate al lado izquierdo
junto a mi corazón que te necesita.

Brinca pequeño verso, inquieto y tenue,
y dime al oído, ¡dime!
dime todos los secretos de la vida y de la muerte,
brinca con esperanza, ¡brinca!
dime su nombre, ¡dímelo!

¡Dime que me ama, dilo de una vez!
¡brinca alto! pequeño verso azulado, brinca
tu que sabes cruzar los mares y las tierras ve y dile
cuanto le amo.

La noche en mi

Que se esconda el día,
es cuestión de paciencia,
saber de amor
es cuestión de sentir y sufrir.

Solo espero que aparezca la noche
para mirar al cielo estrellado
de recuerdos, de llantos,
de arenas esparcidas en el universo.

Que nazca la mañana
es tortura a las pupilas,
tu sombra me acecha
y aun me roba suspiros que duelen.

Tenues luces bañan este oscuro rincón,
hacen que mi voz sea más cruda,
participando de un coro de tristeza,
sumándome a esta cruda y fría ciudad.

Enamorarme

Puedo enamorarme del silencio
y dejar una o dos cosas sin pensar,
recordar un atardecer que se marchó para siempre,
robándome su nombre y sus letras.

Puedo sumergirme en la quietud de la noche,
descifrar destellos en el cielo
y contar almas a su paso,
puedo inquietar corazones y suspiros.

Puedo acariciar la arena
y robar destellos de un arco iris,
cerrar mis ojos y hacer de un sueño
el más feliz de mis pensamientos.

Confesión

He de confesar que tu partida
fue la más dolorosa de las partidas,
que te escribí pequeñas tarjetas de viaje
con tinta de lágrimas del corazón.

 He de confesar que dos años sin ti,
dolerían cada día,
pero confieso que duele más que sea para toda la vida.

 He de confesar que despierto de madrugada,
y que me inquieta olvidar tú rostro y tus besos,
olvidar tú cálida voz y tus ojos,
he de confesar que son muchas cosas
 y que ahora tengo tan pocas.

¿A qué le temes?

Me encontré conmigo mismo en una de esas tardes de enero, las que  comparto únicamente con una fiel taza de café, conversamos plácidamente, mientras robaba un sorbo de su aliento y lo hacía mío de nuevo, entre sonrisas y locuras compartidas recordé infancias de pantalones cortos y adolescencias de rebeldía, recordé tardes en las que mi cuerpo me indicó que llegaba mi adultez y la senectud precoz de mi mente, una cosa llevó a la otra y de pronto apareció el tema de los temores. Recordar los míos, analizar los suyos, los de otros y otras.
La pregunta construida en mi mente me dio el impulso de aferrarme fuerte a aquella taza de café. ¿A qué le temes más?.
Sin duda mis neuronas me odiaron más que nunca en ese momento y mis pupilas cual señoras malhumoradas me ejercían una presión casi de muerte en mi cara, de pronto me vi apretando los dientes y tratando de pensar claro, llegué a la conclusión de que hay dos cosas a las que temo; le temo a la vida y a la muerte.
Se preguntarán ustedes si este loco merece alguno de esos estados, anacrónicos uno del otro, distintos como el blanco y el negro, tan poco compatibles como decir “te amo, pero también amo a otro”, van a perdonar mi osadía al usar esta última analogía, no tengo afán de que les duela. En fin, tanto una como la otra me atemorizan.

A la vida le temo porque es impredecible, tan llena de sorpresas que erizan la piel, tan llena de tristezas y alegrías que hacen llorar a mis ojos, tan llena de extremos que pudiera ser fácilmente una montaña rusa sin rumbo, que nunca se detiene. A la muerte le temo pues es sabido que detiene a esa montaña rusa, produce un único estado del que nadie a regresado, nadie sabe y todos nos preguntamos ¿qué viene después?.

Nunca estaré a salvo de mis temores y quizá usted comparta conmigo alguno de ellos. Y aunque parezca introducción de enciclopedia querido lector; esta es la conclusión. Antes de irme he de confesar que el momento más tranquilo en mi vida es mi inconsciencia al estar dormido, pues vivo. Un momento en el que si muero probablemente no me de cuenta, claro está daría por concluidos a mis temores.