La visita

Marco abre con temor la puerta de su aposento, mientras un rayo de luz pega gritos en medio de su sala y destruye todo a su paso, ya había sentido el hedor de una brisa putrefacta que se acercaba sigilosa. 

Aparece ante él una silueta que destroza los agujeros de las paredes, una silueta que con su murmullo desmorona a las almas piadosas, un ente bendecido por canas y arrugas en los brazos, arropado con un interminable vestido negro y que se abre paso por entre el camino de papeles tirados en el suelo. Su rostro marchito por el odio y dolores de oído eternos maldicen todo el aposento, helando cada cada rincón con una mirada que desabrocha los botones del alma y eriza cada milímetro de piel.

Marco consigue apenas rezar en silencio, mientras baja cálido el temor por entre sus piernas hasta bañar sus zapatos curtidos de la polvorienta sequía de cinco meses, se incorpora del suelo apenas con las ansias de no ser visto, de que sea un sueño, con las ganas de nunca haber abierto la puerta a su propia muerte.




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