Crónica de un encuentro

Ayer despistado, caminé como sonámbulo por una de esas calles que mantienen tu mirada fija en el suelo, de las que no te dejan apreciar el bello azul del cielo por la mañana, aquellas en donde el malabar de piernas es tu primer reto del día, donde si cayera una bomba proveniente del cielo no tendrías tiempo para esquivar.

Ayer despistado, seguí esquivando los adoquines inquietos, maravillado, preguntándome como le hacen las mujeres con sus tacones altos y sus equilibrados movimientos cuando a mí, a mí me cuesta un mundo. Y el choque con otra persona me despierta y me recuerda donde estoy, saltan chispas de angustias y malhumor, sorprendido del encuentro, prosigo, limpiando con mis manos mi abrigo como para librarme de esas malas vibraciones, del indeseable encuentro, que no me arruinen el día.

De pronto un olor a un perfume conocido me hace remontar otra época, me describe mi corta existencia, revolcando en mi memoria durante dos cuadras adelante lo que duró mi camino, sonrío y suspiro, no lloro puesto que ya no tengo el dolor en mi alma, pero qué más da, lo que se siente nunca se olvida.

En la luz roja del semáforo alguien me pregunta la hora y apenas determinándola respondo, sin casi inmutarme ante aquella presencia, apresuro mi paso y uno nunca sabe, quizá aquella persona que creí mortal no lo era, tal vez era mi felicidad futura, un ángel, o quizá la misma muerte anunciándome su hora, a la que no llegué a mirar su cara.

Y mi vida recorrió mi mente durante los doscientos dieciséis pasos que sufrí hasta la otra esquina, me sorprende la sonrisa de una señora ya entrada en años y mi mirada se clava en su único diente inferior, no podría describirles esa sonrisa, solo sé que mi vida pasó por mi cabeza de nuevo, su felicidad era insuperable, su armonía, sus canas llevadas al viento, segura, como si fuese su último momento, su paso lento me hizo olvidar mi nombre, la hora, mi aspecto, el mundo y el miedo.

Ahora recorro el mismo camino cada día y sigo esquivando las aceras repletas de gentes, sigo persiguiendo los recuerdos en perfumes, determinando las miradas de las personas y elevando un gran suspiro al llegar a aquella esquina, esperando revivir el momento de esa sonrisa, fabricando la mía, como aquella que me topé un día, aquel maravilloso encuentro.

Tu Verdad

Rasgas con tus ojos empobrecidos
y requisas cada recodo de mi retrato
precisas de un sudor ajeno
hueles a rancio
se desmoronan tus entrañas
en vasos a medio llenar
sopor fétido y agónico
y recibes cinco estrellas
resbalas en la esquina de tu mesita de noche
y recorres tu carcomida sien con tus dedos
buscando
no eres más de lo que veo
un reflejo involuntario de tu labio
me escupe con furia
verdad punzante en tus yagas abiertas
fetidez desentrañable de tus pies descalzos
y apartas con ellos cada piedrecilla de tu patio
buscando
amainando mis deseos de matarte
¿verdad que mi odio se confunde con tu agónico?